Mar, 03 06 2025

La educación como acto de amor y transformación: Emilia Arias

Vocación y elección de la carrera 

¿Qué te llevó a elegir Educación Inicial como carrera? 

Mi camino hacia la Educación Inicial comenzó en 2020, cuando ingresé a la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración de la Universidad de la República. Esta elección fue producto de un proceso de descarte, ya que, a los 18 años, no contaba con una orientación clara sobre mi vocación profesional.

Desde los 11 años formé parte de la Selección Nacional de Hockey sobre Césped, lo que me permitió combinar mi pasión por el deporte con mi formación académica. Paralelamente, comencé a desempeñarme como profesora de hockey en el club donde había crecido, lo que me acercó al ámbito educativo y me permitió descubrir mi interés por la enseñanza.

La pandemia de COVID-19 trajo consigo desafíos personales y académicos que incrementaron mi desmotivación hacia la carrera de Economía. En el verano de 2021, tuve la oportunidad de trabajar en un colegio como monitora en la colonia de verano deportiva, donde interactué con niños de entre 4 y 14 años. Esta experiencia renovó mi entusiasmo por la enseñanza y el contacto con las infancias.

Al reflexionar sobre mi trayectoria, recordé que desde el liceo había soñado con ser docente. Admiraba a mis profesores y aspiraba a transmitir conocimientos, contribuir al desarrollo de los demás y aportar a la sociedad, como sentía que ellos lo hacían conmigo. Sin embargo, estigmas sociales y pensamientos limitantes —como la idea de que “no se puede vivir de la educación” o que “la educación es un caos”— me llevaron a dudar de mi vocación.

Superando esas barreras, decidí dar un giro en mi vida profesional. Finalicé el primer año de la carrera de Economía y me acerqué a la Licenciatura en Educación Inicial de la Universidad Católica del Uruguay. Mi primera visita a la institución fue reveladora: al ver un video introductorio sobre la carrera, sentí una profunda conexión emocional y supe en ese momento que había encontrado mi verdadera vocación.

¿Qué idea tenías de la profesión cuando comenzaste y cómo fue cambiando con el tiempo? 

Al inicio de mi formación en Educación Inicial, poseía una visión influenciada por prejuicios sociales que subestimaban la profesión, considerándola como una opción secundaria o de menor prestigio. Estos estereotipos, lamentablemente, son comunes en nuestra sociedad y han sido objeto de reflexión en diversos estudios sobre la educación.

Sin embargo, mi experiencia práctica y académica ha transformado profundamente esa percepción. La educación es un campo dinámico que integra teoría y práctica, donde el compromiso emocional y profesional se entrelazan. Cada interacción con los niños/as, cada sonrisa, gesto de gratitud o muestra de cariño reafirma mi vocación y el impacto significativo de nuestra labor.

En el ámbito académico, la Licenciatura en Educación Inicial de la Universidad Católica del Uruguay (UCU) ha sido reveladora. A diferencia de mi experiencia previa en la Facultad de Ciencias Económicas, donde la enseñanza era más rígida y distante, en la UCU encontré un enfoque pedagógico que fomenta el intercambio de saberes, el análisis crítico y el debate constructivo. La formación es acompañada y práctica desde el primer año, lo que facilita una integración efectiva entre la teoría y la realidad del aula.

Esta evolución en mi comprensión de la profesión ha consolidado mi decisión de dedicarme a la educación inicial, reconociéndola como una carrera de profundo impacto social y humano. 

La experiencia de las prácticas 

¿Qué significó para vos tener tantas experiencias prácticas a lo largo de la carrera? 

La práctica, en mi concepción, es lo que da vida a la teoría. Es en el aula, en el contacto directo con las niñas y los niños, donde la pedagogía se transforma en acción, donde las ideas se materializan en gestos, palabras y aprendizajes compartidos. Cada experiencia práctica fue un paso hacia la comprensión profunda de mi vocación, un espacio donde pude escuchar, observar y aprender de quienes me rodeaban: docentes, directores, técnicos y, sobre todo, los protagonistas. Fue en estos momentos de interacción real donde mi visión educativa se fue moldeando, donde pude equivocarme, reflexionar y crecer, entendiendo que enseñar es también un acto de constante aprendizaje.

¿Qué te enseñaron las distintas realidades que conociste en los centros? 

Cada centro educativo es un universo único, con su propia identidad, ritmos y desafíos. Trabajar en instituciones de diversos contextos socioeconómicos —clase media privada, clase media alta y CAIF— me permitió adentrarme en realidades distintas, cada una con sus luces y sombras. Aprendí a leer entre líneas, a escuchar más allá de las palabras, a adaptarme y a reconocer las necesidades específicas de cada niño y cada comunidad. Estas experiencias me enseñaron que la educación no es un molde rígido, sino un proceso dinámico y flexible, que debe ser capaz de transformarse según el contexto y las personas que la habitan. Además, me brindaron la oportunidad de descubrir en qué tipo de entorno me siento plenamente alineada con mi filosofía, ética y valores, permitiéndome elegir el lugar donde puedo ser la mejor versión de mí misma como educadora.

¿Hay alguna experiencia que te haya marcado especialmente? 

Cada paso en mi camino como educadora ha dejado una huella imborrable en mí. Sin embargo, si debo destacar una que tocó las fibras más profundas de mi ser, fue mi paso por el CAIF en un contexto vulnerable. Allí comprendí que la educación es mucho más que transmitir conocimientos: es crear espacios seguros donde los niños y niñas puedan ser, jugar, soñar y crecer. Me sentí parte de una red invisible que aportaba a esas familias. Entendí que nuestra labor como docentes no se limita a enseñar contenidos, sino que somos modelos a seguir, guías que, con cada palabra y acción, influimos profundamente en el bienestar y desarrollo de las infancias. Es una responsabilidad inmensa, pero también una oportunidad única de transformar realidades.

¿Cómo fue acompañarte con docentes en esos procesos? ¿Sentiste que te ayudaron a crecer como futura educadora? 

El acompañamiento docente en mi formación fue un faro que iluminó mi camino. La cercanía y el compromiso de mis profesores crearon un ambiente de confianza y aprendizaje constante. Más allá de ser transmisores de conocimiento, fueron guías que compartieron su pasión, sus dudas y sus certezas, invitándome a reflexionar, cuestionar y crecer. La Universidad Católica del Uruguay, con su enfoque colaborativo, me permitió experimentar la docencia como un acto compartido, donde el saber se construye colectivamente. En esos momentos de intercambio, sentí que cada duda era una oportunidad de aprendizaje y cada desafío, una invitación a superarme. Este acompañamiento fue esencial para forjarme como la educadora que soy hoy, con una visión crítica, ética y profundamente humana de la educación.

Aprendizajes y evolución personal 

¿Cómo cambió tu forma de mirar la infancia desde que empezaste a estudiar? 

Desde siempre miré la infancia con admiración y una intriga noble, como quien observa un universo en expansión. Crecí en una familia donde el respeto por la niñez era parte del ADN: mi abuelo, el Dr. Amílcar Cagnoli, fundó la Teletón en Uruguay, y con él, muchos sembraron un legado de sensibilidad, humanidad y compromiso. Yo crecí entre esas conversaciones y construcciones, de las cuales estoy eternamente agradecida.

Sin embargo, al comenzar la carrera, esa mirada se volvió más nítida, más consciente, más profunda. La infancia ya no era solo admiración; era estudio, era teoría, era oportunidad de comprender los momentos fundacionales del ser humano.

Aprendí que cada gesto, cada palabra, cada silencio y cada abrazo son raíces que definen lo que un niño o una niña será. La educación inicial no es un comienzo: es el cimiento. Los 0 a 6 años no son simplemente una etapa, son el corazón palpitante de toda la vida futura. La infancia no es un punto de partida: es el terreno fértil donde germina todo lo que somos capaces de llegar a ser.

Hoy sé que acompañar esa etapa es un acto de amor, de responsabilidad y de visión. Ser agente de cambio en ese momento crítico y sensible me desafía a seguir observando, comprendiendo, formándome y entregando lo mejor de mí.

¿Qué herramientas sentís que hoy tenés gracias a tu formación en la carrera? 

La carrera no solo me formó como profesional, me formó como persona. Me dio herramientas técnicas, sí: planificación, análisis, pensamiento crítico, observación, intervención. Pero, por sobre todo, me dio humanidad. Aprendí a trabajar en equipo, a respetar miradas distintas, a evaluar sin juzgar y a construir en conjunto. Un proceso que comenzó desde mi escolarización inicial y se forjó en la universidad.

El grupo de estudio se volvió un grupo de amigas, un círculo de confianza donde compartimos valores, pasiones, miedos y desafíos. De allí surgió algo más grande: una forma de estar en el mundo, de mirar la educación y la vida. De acompañarnos y compartir saberes. Las charlas en los cortes de clase, analizando y dando vueltas sobre lo que se había hablado en clase, hicieron que varias y varios estudiantes compartiéramos información, estudios, investigaciones leídas y debatiéramos en la vereda respirando, preparándonos para la siguiente asignatura.

Aprendí también a escuchar de verdad, a estar presente, a organizarme sin perder la sensibilidad, a priorizar el momento, a valorar cada clase como una oportunidad única. La perseverancia, el esfuerzo y la entrega no nacieron en mí por azar: fueron herramientas que se afilaron en el camino. La formación no solo me dio saberes; me enseñó a ser. Me enseñó a estar presente, con los otros y conmigo misma. Hoy intento ser un reflejo de ese proceso: una síntesis de teoría, práctica y emoción.

¿Qué fortalezas descubriste en vos misma a través del contacto directo con los niños y los equipos? 

Esta es una pregunta que no dejo de hacerme. Me atraviesa cada día: ¿qué tengo yo para dar? Y es ahí, en el vínculo con los niños, donde aparece la respuesta.

Descubrí en mí una fortaleza silenciosa, pero firme: la convicción de que el bienestar emocional es tan esencial como cualquier otro aprendizaje. En un mundo que recién empieza a hablar de salud mental, me pregunto: ¿qué pasaría si, en lugar de empezar a cuidarnos a los 30, lo hiciéramos desde los 3?

¿Si sembráramos autorregulación, autoestima y conexión desde la primera infancia? Trabajo desde ese lugar. Me formo, leo, busco, me inspiro para diseñar espacios donde los niños puedan entrenar su mente y su corazón. Lo viví hace unos días, cuando leímos La fortaleza mental y comenzamos a integrar momentos breves de conexión, respiración y afirmación positiva. Los niños lo tomaron con una naturalidad asombrosa. Se apropiaron del proceso.

Los vi decirse entre ellos: “yo puedo hacerlo”. Vi cómo repetían palabras amorosas hacia sí mismos. Y entendí que eso es lo que vine a hacer: acompañarlos a descubrir su voz interna. No hay mayor fortaleza que la que un niño te devuelve cuando se reconoce capaz, valioso y amado.

Y si algo necesitaba para confirmarlo, fue el gesto de una niña que, al terminar el día, me regaló una pulsera. “Es mágica” —me dijo— “te la doy para cuando tengas pensamientos negativos en la noche”. Esa pulsera la tengo conmigo ahora. Y cada vez que la miro, sé que estoy en el camino correcto.

Proyección profesional y mensaje a otros 

¿Cómo te imaginás trabajando el día de mañana como educadora? 

Imaginarme el mañana como educadora no es soñar con lo lejano. Es abrazar el ahora como si ya lo fuera. El futuro se gesta en cada abrazo, en cada palabra que elijo hoy. Me proyecto como parte de un equipo interdisciplinario donde la atención a la infancia sea integral, ética, pública y con sentido de justicia. Un espacio en el que las infancias no sean observadas desde la falta, sino desde el potencial; donde se cumplan los derechos, no solo en el papel, sino en la vida concreta de cada niño y cada niña.

Ser educadora, para mí, es habitar la sala… y también los márgenes del sistema, las mesas de decisiones, los proyectos de cambio. No quiero solo enseñar: quiero transformar. El futuro de la educadora y del educador se escribe en presente, con trazos del pasado y la convicción de que cada gesto es semilla.

¿Qué tipo de espacios te gustaría habitar o transformar con tu trabajo? 

Me gustaría habitar espacios que comprendan la educación como una forma de cuidado. Que abracen la diversidad, la innovación, los momentos únicos del desarrollo y la multiplicidad de formas en que los niños se acercan al mundo. Espacios donde el entorno no solo sea funcional, sino sensible. Donde los materiales, los ritmos y los vínculos estén al servicio del bienestar.

Durante la carrera diseñé, desde la gestión y la organización, un centro educativo ideal. En ese ejercicio comprendí que no basta con imaginar espacios para las infancias, sino también para quienes las acompañamos. Un lugar donde las educadoras y los educadores también se sientan vistos, valorados, sostenidos.

Sí, a veces aún me digo en broma “soy la maestrita”, pero esa palabra no alcanza. No somos solo maestritas. Y la educación inicial, aunque algunos aún no lo comprendan, es el corazón de cualquier sociedad que quiera crecer con sentido.

¿Qué le dirías a alguien que está pensando en estudiar Educación Inicial? 

Le diría algo que me dijo mi padre, y que aún resuena como un eco luminoso: “Soñad… y os quedaréis cortos.”

La infancia es eso: soñar sin límites, sin moldes. Y estudiar esta carrera es un acto de entrega, pero también de revelación. Observá. Escuchá. Aprendé de quienes ya caminan la senda. Agradecé a tus maestras de práctica, esas guías silenciosas que te muestran más de lo que podrías imaginar.

Y también, cuidate. Porque esta vocación exige todo: cuerpo, mente y alma. Exige ternura firme, presencia consciente y una capacidad inmensa de volver a vos misma cuando el cansancio apriete.

Ser educadora inicial no es una tarea. Es una forma de mirar, de sentir, de estar en el mundo.

Y si decidís hacerlo, hacelo con coraje. Porque el mundo necesita más personas que se animen a cuidar el comienzo. La educación inicial no se estudia solo con libros; se estudia con el corazón abierto y las manos listas para sostener.

Educación y Humanidades
2025-06-03T18:12:00

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